Y más fría que la escarcha que se formó esa mañana en los cristales de tu coche, después de una noche no muy tranquila pero un tanto oscura, hablo de oscura ya que ya no había nubes dentro de mi que taparan el cielo de mis sueños, por que después de ese te quiero tan delicado y sutil que brotó de tus labios e hizo que todo mi vello se erizara, consiguió abrir mi corazón y hacer que se expusiera como nunca antes se había expuesto a nadie.
Que dos palabras tan bonitas ¿no crees?
Pero incluso más bonitas aún si son pronunciadas por ti.
Dios, no te puedes ni imaginar lo mucho que deseaba escucharte decir esas dos palabras.
Me haces tan feliz que hay veces que ni siquiera creo que esto sea real, después de que mi mundo se rompiera una, y otra, y otra vez. Y así consecutivamente hasta que ya no sabía ni que era sentir, ni que era amar, siquiera que era llorar de felicidad.
Me temo que no estoy aquí entre estas líneas para decirte lo mucho que te quiero sino para agradecerte el que me hayas enseñado a hacerlo.
Y quizás no de la mejor manera que se puede hacer, ni en todos los sentidos, ni en todas las estaciones del año, pero sí con todas las fuerzas de este mundo.